Y tú, desterrado:
Estar de paso, siempre de paso,
tener la tierra como posada,
contemplar cielos que no son nuestros,
vivir con gente que no es la nuestra,
cantar canciones que no son nuestras,
reír con risa que no es la nuestra,
estrechar manos que no son nuestras,
llorar con llanto que no…
es miércoles y llueve
es ahora que finalmente supe
por qué me enamoré de ti
pero ya es tarde
ya no estás en mi vida
hablo con tu recuerdo
que vive en este café
discúlpame, este es mi problema
siempre llego a destiempo
la vida debió haber sido justa
tuvo que hacerme exacto
yo debí ser un recién nacido
el día en que se acaba el mundo
conocer el llanto
el pecho tibio de una mujer
y luego fundirme
en el fuego del final
de esta historia
que no nos incluye
por ninguna parte
— Julio Prado en “Rockstar”
Si te marchas hazlo de noche,o mejor aún, de madrugada.
Escúrrete desde la cama
hasta el piso de parqué raído.
Como la boa se desliza al río,
como cocodrilo a la orilla.
Si te marchas deja la tele encendida
y el ventilador apagado.
Sal como ladrón de un museo,
en silencio y…
Alguna vez, hace un tiempo…
Existió un mundo inverosímil, paralelo al nuestro, con formas similares pero con distinto fondo. En donde los humanos eran adoradores de itinerario que se movían por instinto y los objetos inanimados cargaban con toda la incomodidad de la búsqueda de razones que justifiquen la existencia.Existía entonces un puente, elaborado con la corteza de alguna caoba vieja; madera a la que le quedaba grande el papel de ser un pasadizo de animales.
El puente cruzaba un riachuelo, uno cualquiera, lo suficientemente grande para ser navegado y tan chico que podía ser cruzado nadando.
Pasaron años, los suficientes para que el puente comenzara a sufrir daños a causa de las constantes crecidas del río, más la acción del viento, y las pisadas de quienes lo usaban. Con el transcurrir del tiempo el puente pasó de ser una necesidad a ser una diversión. Surgieron nuevas formas de atravesar el río y el puente cada vez tenía menos contacto con estos seres animados, pero sin existencia.
El hecho de sentirse poco útil, hizo que nuestro amigo comenzara a crear dudas existenciales. Se dio cuenta que una caoba como él estaba destinado para más cosas. A menudo, durante las madrugadas; desahogaba sus penas con el río quien las escuchaba pero nunca detuvo su cause para ayudar al puente. Hasta que un día…
—¡No puedo más! —exclamó el puente—. Merezco más que esto. Mi esencia es más grande y no soporto más ser un puente a punto de abandono y en vías de ser nada más madera podrida.
—Cálmate —respondió el río—, no es tan malo. Puedes contemplar un lindo paisaje y tu trabajo no es como el mío que recorro distancias enormes. ¡Lo que hago es muy agotador!
—¿Cómo puedes quejarte? ¡El mundo entero es tuyo! Eres un mensajero de vida en cada lugar por el que pasas. Yo en cambio…
—¡Basta, basta! —interrumpió el río—. Algo podemos hacer para mejorar tu situación, piensa en lo que te gustaría ser y luego podemos pedir a la Luna llena que haga algo. Ella que tiene tanta influencia sobre la vida en este lugar.
—Está bien. Me tomaré todo el día de mañana para pensar en lo que quiero ser. ¡Estoy muy emocionado! —exclamo el puente—. Seré más observador que nunca y me inspiraré en la vida que hay alrededor mío. En eso me inspiraré —finalizó—.Al día siguiente, el puente tenía un entusiasmo renovado, lleno de esperanza. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía algún tipo de emoción la cual era tan grande que podía confundirse fácilmente con euforia. Ese día, por durante la madrugada, el puente conversó nuevamente con el río:
—¡Río! —exclamo, claramente entusiasmado— He pensado las cosas y ya sé lo que quiero ser. Quisiera ser un ave, para cruzar todo el firmamento ver el cielo desde arriba y cruzar por el viento a gran velocidad.
—Pero puente —dijo el río—, no puedes ser un ave. No tienes plumas las cuales son necesarias para volar por el cielo. No puedes anhelar a ser algo para lo que no tienes materia.
—Ya veo. No importa. Entonces quiero ser un jaguar, quiero trepar a los árboles, caminar, recorrer el mundo y dejar huellas en cada lugar al que vaya.
—Me temo que eso tampoco se podrá. No tienes extremidades, las cuales necesitas para recorrer el mundo y no tienes material para construir unas.
—Está bien —dijo el puente en tono decepcionado—. Entonces puedo ser un pez, sí, un pez. Puedo sumergirme en ti y conocer la inmensidad del mar. Total, la mayor parte de este mundo es agua; conoceré la mayor parte del mundo.
—No puedes ser pez, no tienes escamas y tampoco branquias; sin eso morirías en el agua. Lamento no poder ayudarte.
Esas palabras fueron como espinas en la ilusión del puente. No podría cumplir el sueño de dejar de ser un puente y salir a conquistar el mundo.
Al día siguiente, era la noche de Luna llena. La noche en la que la Luna estaba más grande y brillante que nunca. Era tal su brillo, que por momentos no parecía noche sino tarde.
Se acercó el río a la Luna y le contó toda la historia de su amigo, el puente. Le contó todo, que era un puente de caoba, sus anhelos, su intención de ser ave, jaguar y pez, y obviamente la frustración que sentía. La Luna se conmovió por la historia del puente y tuvo una idea para ayudarlo:
—Tengo una idea —dijo la Luna, mientras susurraba la idea al río—.
—Me parece una idea genial —respondió el río—.
En ese momento la Luna se acercó al planeta. Se acercó de tal manera que el río duplicó la fuerza de su corriente. Fue tal la fuerza que comenzó a empujar al puente quien a penas podía sostenerse. En uno de los arranques del río, logró derribar al puente. Éste no se explicaba lo que estaba pasando, todo lo agarró por sorpresa. Cuando por fin salió de su asombro el árbol gritó:
—¿Qué te pasa? ¿Qué significa esto?
—Estoy tratando de ayudarte —respondió el río—. Te estoy liberando con la ayuda de la Luna.
—No veo la ayuda. ¡Me ahogaré!
—Te estamos liberando. La Luna se acercó para que pudiera subir la fuerza de mi corriente. Ya no serás más un puente. Te convertirás en una balsa y podrás recorrer el mundo entero. Únicamente necesitas agua para moverte.
El puente comprendió entonces lo que el río y la Luna hicieron por él. Fue liberado y a partir de ese momento se convirtió en balsa. Una balsa fuerte de caoba. Dio la vuelta al mundo muchas veces y vivió eternamente agradecido.
FIN.
Cuando me diagnosticaron epilepsia, apenas tenía 13 años y jamás imaginé el impacto que esto tendría en mi vida. Debo decir que me sentía avergonzada, frustrada y hasta enojada porque no entendía bien lo que pasaba. No sabía por qué a mí. Ahora entiendo que todo eso que yo sentía se puede evitar informándose de la manera adecuada y hago lo posible para informar a los demás.
Quise encontrar una medida de tiempo justa que no fuesen horas, minutos y segundos, y lo único que encontré fue: el tiempo suficiente.
Suficiente para tenerles un espacio en mi corazón y suficiente para que formen o hayan formado parte de mi vida. También suficiente para que se preocupen por mí y me cuiden en todos los aspectos que “preocuparse” y “cuidar” puedan involucrar.
Hay muchas personas a las cuales quisiera agradecerles, si están leyendo esto, seguramente ustedes son parte de esas personas. Mi familia, mis amigos, mi doctora, mis compañeros de trabajo y cada una de las personas con las que me he relacionado de alguna manera, me han enseñado mucho sobre la tolerancia y el respeto.
Vivir Púrpura es aceptarse, cuidarse e informarse. Vivir Púrpura, también es aceptar a los que vivimos con epilepsia, cuidarnos e informarse para ayudarnos. A lo largo de este proceso, he aprendido que quizá la parte más difícil de recibir este tipo de diagnóstico no es la física, sino la emocional y es allí donde todas las personas que conviven con una persona con epilepsia son vitales. Su apoyo moral y emocional, es una de las partes más importantes de nuestra recuperación.
Gracias, a cada una de las personas que me han dado con su vida un ejemplo de aceptación y tolerancia a las diferencias; por todas las palabras y las acciones que han marcado mi vida; porque me han dado la confianza suficiente para emprender distintos retos; por compartirme sus historias, algunos de ustedes son verdaderos sobrevivientes y me inspiran.
Se puede vivir con epilepsia, siguiendo las instrucciones de nuestro médico podemos llevar una vida completamente normal. No debemos avergonzarnos por ello y tampoco debemos hacer sentir vergüenza a alguien que padece ésta u otra enfermedad.
Gracias a cada una de las personas que ha compartido el tiempo suficiente en mi vida y se ha acercado de esa manera a la “vida púrpura”.
Sigámonos informando y educando. Todo mi cariño para ustedes, siempre.
Te siento crítica
y bastante acobardada.
Como torpe, sin lo lúdico
de tus manos te siento,
incompleta tu colección
de sonrisas, menos
tomadora de café te siento,
no poética, perdidos
tus archivos de lo libre,
desencuadernada,
sin catedral, sola,
así es como te siento.
Maurice Echeverría - “Los falsos millonarios”